Ayer, martes 13 de marzo, la Enciclopedia Británica (Encyclopaedia Britannica) dejó de existir tal como nuestras bibliotecas familiares la conocieron; la versión impresa llegó a su fin, enfocándose exclusivamente en su versión digital.
Desde Chicago, donde se encuentra su sede, publicaron un comunicado anunciando el fin de la versión impresa, después de 244 años ininterrumpidos de servirnos como material de consulta a todas nuestras dudas de la A a la Z pasando por la historia, la geografía, la biología, la anatomía y las matemáticas (así es, antes no existía google amiguitos y la tarea la buscabas en enciclopedias).

Durante una grandiosa semana, el acervo de la Enciclopedia Británica estará disponible a todo público de manera gratuita; confiados en una estrategia que más o menos dice así “Somos digitales, pero hemos estado aquí mucho más tiempo que los demás”. Y en eso tienen razón, saben lo que hacen, han perfeccionado su información desde 1768. Pero habrá que ver qué tal les funciona (recordemos la fallida Encarta); cuando la mayoría de la información por la que ellos te cobran, la puedes encontrar de manera gratuita en otros medios, no siempre confiables, pero gratuitos.
A pesar de que se ve como parte de la evolución natural de la empresa y de la vida, y que tiene mucho sentido, no es fácil dejarla ir sin sentir un poco de nostalgia por el pasado y por un posible futuro tenebroso sin libros.

Se escucha como una novela de ciencia ficción, pero si lo pensamos, sería la evolución natural de los medios impresos.
Existimos los amantes de lo impreso, a los que el olor de la tinta nos seduce; a quienes nos gusta sentir el papel en nuestras manos, que apreciamos una buena caja de texto y una gran elección tipográfica. O quienes simplemente por costumbre prefieren leer un libro camino al trabajo, traer el periódico metido en el pantalón o bajo el brazo.
Quienes nos aferramos, tal vez inútilmente a los impresos, negamos rotundamente su desaparición, abogamos por los libros, las revistas, las cosas físicas. Quienes sentimos que si lo que leímos no viene del papel, no tiene mucha validez.

Pero, ¿estaremos siendo unos necios?.
No lo sé. Y francamente episodios como el de ayer, me dejan pensando mucho acerca del futuro de nuestros medios, de la educación, de la lectura, de nosotros.
Quién sabe, igual y en unos años los libros serán artículos de colección. Privilegios de pocos. O tal vez los niños que vayan a la escuela con sus libros de texto gratuitos en lugar de un iPad serán discriminados y señalados por la sociedad. Es difícil saber lo que va a pasar.
De lo que sí estoy segura es que ahora atesoraré con más cariño mis libros. No vaya a ser que este sea el principio del fin.

Compartir